Siento una inquietud. ¿Qué hacer?: sertirse atraída por la vida religiosa, o simplemente curiosa, es un buen comienzo, aunque no suficiente. Ten en cuenta, que es una opción radical, de muchísimos dones y alegrías... también de renuncias. Renuncias por amor que se multiplican en benciciones a lo largo de la vida... miras atrás y dices: ¡Que bueno es Dios que me trajo aquí!

 

Camino de encuentros: la aventura comienza cuando decides acercarte al convento, te preguntas cual es el sentido de nuestra vida, el mismo que nos hace felices y ves. Dios, ese es el único sentido válido para ingresar en un monasterio. Sí, un inmenso amor: de Dios...que te ha amado siempre y te llama, tuyo hacia Él, que respondes y pones tu vida al servicio de su amor. Seas del país que seas, cerca o lejos, si sientes que Dios te llama, podemos discernir juntas la voluntad de Dios. Entonces eres aspirante. 

 

 

Por fin en casa: Llego el día de cruzar las puertas del monasterio y dejar atrás tantas cosas tan queridas. La voluntad de Dios se vuelve vida y estás aquí. Como una más asistes al coro, vienes al recreo y comienzas a caminar, aprender a escuchar la voz de Dios, en ti, en la oración, en el silencio y en las hermanas. No llevas hábito aún, sino uniforme, pero te preparas junto a la maestra de novicias para ese gran día. Entonces eres postulante.

 

 

 

 

Con velo blanco de novia: El coro se ve precioso, lleno de flores y un hábito de Santa Clara junto a unas tijeras cortarán tu pelo y te vestirán. Te ves radiante, feliz y comprendes que es preciso seguir andando, ir redescubriendo lo bueno que hay en servir a Dios de corazón, en entregarle tus horas. Estás más hecha al horario, a las costumbres y amas tu comunidad. Pero la campana, no siempre te reúne con ella como al resto de hermanas profesas, aún irás religiosamente al noviciado, a instruirte y penetrar los misterios del don de tu vocación y su llamado. Entonces eres novicia.

 

 

 

 

Preparando el si definitivo: Llega el día de tu toma de velo, de prometer a Dios fidelidad y obediencia, vivir en pobreza y castidad frente a los ángeles y los hombres. Una corona adorna tu cabeza, aquella que adornó al Salvador en su tarde de Cruz. Tu cabeza la cubre un velo negro y desde entonces, de forma jurídica, formas parte de la Orden de santa Clara por tus votos. No es el sí definitivo, pero si la preparación para alcanzarlo. Tu meta: entregarte y gastarte al servicio de Jesús. Comienzas a participar más activamente de la vida de la comunidad sin dejar el noviciado. Es un periodo de formación intensa, algunos lo llaman juniorado. Entonces eres profesa simple.

 

 

 

Me caso Jesús contigo: Le dices que tu vida le pertenece para siempre, que aquello que comenzó en tí, lo lleva a término. Y si, te casas para siempre con alguien que te acompañará siempre. Desde ahora eres esposa y madre, por la consagración a Dios, porque desde hace tiempo te pide que te ofrezcas en oración por el mundo y le dices: Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad. Parece que el camino termina, y que has llegado a la meta. Nada más lejos de la realidad, aquí comienza el camino de la fidelidad, el camino que no tiene porque acabar nunca. Dios es fiel y esa fidelidad y amor has de regarlo todos los dias con el don de tu vida alegre y escondida. Entonces eres profesa de votos solemnes, tuya para siempre, siempre.

 

Jesús siempre llama, llama siempre. !Oído atento¡

 

 

 

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