La entrega a Dios, solo puede ser motivo de alegría. Así que sientas lo que sientas respecto al llamado de Dios, pensarlo ha de producir en tu alma los frutos del espíritu: Paz. El monasterio es el santuario donde Dios reúne almas para vivir completamente entregadas a predicar silenciosas con su oración y su vida, la experiencia y encuentro con Jesús, la mayor alegría que conocerá el ser humano. La alegría contagiosa de la certeza: Dios es bueno, Dios me ama, Dios vive...anda a mi lado.

 

La alegría es un regalo de vivir en el estado de gracia, que es lo mismo que unida a Dios. Es un aspecto distintivo de nuestra vida, Santa Clara y Francisco, formaron comunidades vivas en el Espíritu, contentas de haber encontrado la perla, dichosas por poderlo comunicar con el testimonio de sus vidas.

 

«La alegría no puede quedarse quieta: debe caminar. La alegría es una virtud peregrina. Es un don que camina, que camina por los senderos de la vida, camina con Jesús, predicar, anunciar a Jesús, la alegría, alarga el camino, lo amplía. Es una virtud de los grandes, de los grandes que están por encima de las nimiedades, por encima de las pequeñeces humanas, que no se dejan implicar en las cosas pequeñas internas de la comunidad, de la Iglesia: miran siempre al horizonte».

Papa Francisco

 

 

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